Ni privado, ni municipal: de la ciudad

11 de octubre de 2020 - 00:00
Foto/Cortesía

Nalmade Dragó

Jatarichi(*)
Chinchichallapay
Tandallushpa
Rucutucushu


¿Conoce la sensación de estremeciendo ante lo sensible? Es distinta a la del miedo o la incertidumbre, dos sensaciones que en estos meses todos hemos experimentado en algún momento. Estremecerse ante lo sensible. Erizarse ante la potencia de lo que nos iguala como humanos. Yo la viví escuchando a los elencos corales de la Fundación Teatro Nacional Sucre, frente al consistorio municipal esta misma semana. En lo que denominaron una activación musical, presentaron un repertorio corto pero alegre, cercano, movilizador. Demandan del Municipio de Quito que los elencos del Coro Infantil, Coro Juvenil, Coro Mixto Ciudad de Quito, Escuela Lírica, Ensamble de Guitarras, Orquesta de Instrumentos Andinos y Banda Sinfónica Metropolitana de Quito junto a los teatros Nacional Sucre, Variedades Ernesto Albán y México, con el Centro Cultural Mama Cuchara no perezcan ante el inmovilismo de unas autoridades de la cultura y administrativas silentes y ausentes. A esa demanda de teatros y elencos se sumaron los museos del Carmen Alto, el De La Ciudad, el Interactivo de Ciencias, el del Agua y el Centro de Arte Contemporáneo, que ya reabrieron sus puertas con la conocida devoción que sienten por sus visitantes y el reconocido profesionalismo con el que actúan siempre, también ahora en situación de distanciamiento físico.

Es al sentido de perecer a lo que me quiero referir: perder la vida como consecuencia de una acción violenta. El silencio, lo es. Con la declaratoria mundial de emergencia sanitaria devinieron declaratorias nacionales de emergencia económica, y salvando las diferencias entre países y países, ciudades y ciudades, más de uno vio de frente la fragilidad de las instituciones culturales y sus ecosistemas: decidieron protegerlos, cuidar de trabajadores e instituciones que en la cuarentena más rigurosa nos ofrecieron su creación para mantenernos sanos, resistiendo al temor y al no futuro. El gobierno de Quito estuvo ausente y silente ante esa evidencia. Para abril la pertinente redistribución presupuestaria ya se había reconfigurado para atender la emergencia sanitaria, mientras el Concejo Municipal aprobaba por mayoría una resolución que instaba a proteger a los trabajadores de la cultura; los mismos que en mayo, reactivaban al Teatro Nacional Sucre para un concierto en línea por el día de madre; los mismos que en junio y julio, en los momentos más complejos del pico de contagios en Quito, recorrían barrios y parroquias con danza y música por las calles. Esos que, en agosto, con los recursos mínimos que quedaban, trabajaron para volver a abrir teatros y museos en septiembre. A esos elencos, teatros y museos, a esas instituciones culturales, en un gesto de desprecio el Municipio de Quito llamó en un tecnócrata e indolente comunicado “ente privado sin fines de lucro cuya administración es descentralizada”. ¿Descentralizada para operar bajo figura de fundaciones y centralizada para sostener una agenda cultural ordenada por la Secretaría de Cultura? ¿Descentralizada con directorios conformados por autoridades municipales?

Del penoso comunicado del Municipio de Quito del 5 de octubre, pasamos al rifirrafe de tuits del 6 de octubre por la noche. El Alcalde Yunda enviaba al Ministro de Economía un video de la protesta de los trabajadores de la Fundación Teatro Nacional Sucre con la frase “al menos para los sueldos ayude a Quito” (Alcalde: reducir sus demandas a sueldos impagos, también es violento), mientras el (hoy ex) Ministro Martínez le recodaba un desembolso de $ 86 millones. ¿Se imaginan el sudor frío del novísimo Administrador General del Municipio, Freddy Erazo? Fantaseo con las cuentas en su cabeza: “Si recibo $ 86 millones y debo alrededor de $ 3 millones a las instituciones culturales…” Pero el mensaje con el que el Alcalde zanja el rifirrafe me vuelve violentamente a la realidad: “gracias Ministro, pero no me alcanza”.

El modelo de administración privado o municipal de teatros y museos es irrelevante cuando esos espacios son lugares para sanar, son de la ciudad y sus ciudadanos. Pero incluso el debate del modelo de administración es necesario, cuando todos quienes se sienten en la mesa para decidirlo tengan una idea clara, poderosa y potente sobre la misión que le corresponde a unas instituciones culturales como las nuestras en una ciudad como la nuestra. Sí autoridades, una misión, porque de momento, lo que nos han venido demostrando en un año y medio de gobierno es que el plan es, que no hay plan. Y les queda por delante tres años más.

Una ciudad que cuida de sus instituciones culturales cuida también de su marca ciudad. Cuando el Museo de la Ciudad gana un reconocimiento de Ibermuseos por mediación comunitaria, o el Teatro Nacional Sucre es reconocido por la comunidad operística internacional por el montaje en clave andina de la Flauta Mágica, están hablando del carácter de esta ciudad. Ese carácter se afecta cuando tratan con desprecio a la cultura que es un bien social de los ciudadanos. Marca ciudad son nuestros afectos con las personas y espacios de la cultura que nos sostienen, además de la Cúpula de La Compañía, la Virgen del Panecillo, la flor de geranio y el peludo y simpático Zeus, mascota del burgomaestre.

En los momentos difíciles, cuando el sentido del futuro está en disputa, el arte nos salva y vuelve a levantarnos. Autoridades: paren de patear en el piso al malherido.

Levantaos
De pie firmes
Todos juntos
seremos fuertes.


(*) Del emocionante repertorio del elenco coral del Teatro Nacional Sucre

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