Ecuador, 17 de Mayo de 2022
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El Telégrafo
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El final de muchos animales será morir atropellados

El gato estaba tirado en mitad de una calle de Urdesa, norte de Guayaquil. Era medianoche cuando pasé por el lugar y alcancé a divisar el cuerpo inerte.

Me detuve a un costado para quitar el cadáver de la calzada y así evitar que otros carros lo destrozaran, como le ocurre a muchos animales que mueren atropellados y con el paso de los días se convierten en amasijos de tripas y carne aplastada en el pavimento, ante la mirada impávida de muchos.

Pero para mi sorpresa, aquel gato estaba todavía vivo. Había sido golpeado tan fuerte por un vehículo, que no podía moverse. Solo temblaba mientras veía cómo los monstruos de metal (imagino que así veía a los carros que circulaban por el lugar) pasaban por su lado y lo esquivaban sin detenerse.

Lo recogí con cuidado y lo llevé a una veterinaria que trabaja las 24 horas. El médico de turno lo examinó pero ya no había nada que hacer: el animalito estaba agonizando. Tenía reventado un ojo y su respiración era entrecortada, lenta. “Está sufriendo. Usted decide”, me dijo el doctor. Y con la tristeza en el alma, pedí que lo durmiera.

El procedimiento fue rápido: una inyección que relajó y adormeció al felino y otra que detuvo su corazón. En menos de un segundo el gatito se fue de este mundo y pasó a jugar en el puente del arcoíris, lejos del dolor y la indiferencia humana.

Lamentablemente el caso de este gatito anónimo se repite a diario en todo el país. En un viaje el panorama infaltable es: montañas, vegetación y perros o gatos atropellados (aunque en algunas partes se ven también animales silvestres víctimas de la modernidad).

En Guayaquil, autoridades y activistas independientes han lanzado campañas para impedir los atropellamientos, han instalado señales para pedir a los conductores que tengan cuidado. Sin embargo, el destino final de muchos animales seguirá siendo morir arrollados en esa selva de cemento. (O)