Ecuador, 21 de Mayo de 2022
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El Telégrafo
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El joven vive el momento y cuando es viejo, ya es tarde

Alberto Ramírez Muñoz, de 60 años, cuenta que la vida da oportunidades, pero a veces uno las rechaza.

A los 17 años en su pueblo natal, Quevedo, tuvo la oportunidad de conocer en una fiesta a una chica muy guapa y fina, quien lucía un vestido verde con sandalias blancas, “desde que la vi no le quitaba la mirada”, indicó.

Todos se divertían, pero la joven no bailaba. Alberto creyó que no sabía bailar. De pronto sonó la canción “La burrita”, es cuando decidió invitarla a bailar.

La hermosa mujer, con una sonrisa, aceptó, una vez de pie se arrimó a su cuerpo. Necesitaba apoyarse debido a que tenía una discapacidad, “era cojita”, indicó.

Los amigos se rieron, pero él no se quemó y bailó con su dama. “No me suelte, bailemos cogidos, deme ese gusto”, ella le dijo al oído.

Cuando terminó la pieza, ella lo invitó a sentarse a su lado, Alberto accedió y comenzaron a conocerse. “Terminamos vacilando a las 04:00, ahora mis amigos se quedaron mudos”, sonríe el hombre. Iniciaron una relación. Ella era hija única, muy pudiente, su familia tenía negocios y fincas en la zona.

Un día le dijo que el hombre que se casara con ella “no tendría que trabajar, solo controlar y mandar”.  “Pero uno como muchacho no valora. Solo quería vivir el momento, luego decidí hacer el servicio militar y me alejé”.

Sin embargo, el mundo da vueltas. Después de 30 años regresa a Quevedo en busca de trabajo en una finca. La dueña manejaba un carro con vidrios oscuros. Cuando lo vio se acercó, bajó el vidrio y le dijo sorprendida: ¡Alberto!.

“Era aquella mujer que un día abandoné. Sentí mucha vergüenza. Andaba con pantalones rotos, hecho un adefesio. Me invitó a subir a su carro para platicar. “Te das cuenta, te lo dije, ahora mi marido no trabaja, es quien administra mis fincas y tú no lo quisiste así”.

En la actualidad, Alberto cuida carros en las calles de Guayaquil. (O)