Galeano y Grass lucharon con las palabras y la creación

14 de abril de 2015 - 00:00

La última aparición pública de Eduardo Galeano fue a través de un manifiesto en el que varios activistas, escritores e intelectuales reafirmaban su negación al decreto de Estados Unidos, en el que se considera a Venezuela una amenaza para la seguridad de ese país.

Galeano, quien hace pocos meses había dicho que no volvería a leer su obra más leída ‘Las venas abiertas de América Latina’(1971), nunca dejó de estar del lado de la crítica con dureza a la injusticia social y la explotación de este subcontinente por las grandes multinacionales de EE.UU. Desde este lado de la orilla escribía y se consagró. Como diría, en 2009, Javier Rodríguez Marcos en El País, Galeano consiguió levantar pasiones “con libros sin género preciso, pero escritos con un estilo fragmentario y seco que él opone a ‘la tradición retórica del pecho inflado’. Aprendí a disfrutar diciendo más con menos”. 

Este lunes 13 de marzo, a las 10 de la mañana, su familia confirmó el deceso de uno de los escritores más procaces de América Latina. Galeano, a los 74 años, llevaba varios días ingresado en estado grave en uno de los hospitales de la capital uruguaya, Montevideo. Estaba en la última fase de un cáncer de pulmón que hizo público desde hace varios años, sin mostrarse desanimado. Delgado y sonriente aparece en sus últimas fotos en público.

Cuando ‘Las venas abiertas de América Latina’ fue publicada Galeano tenía 31 años. Su obra fue identificada con las ideologías de izquierda y no le sobraron excusas a los gobiernos de la dictadura para declararla proscrita en Argentina, Chile, Brasil y Uruguay. Estuvo preso en Uruguay tras el golpe de 1973,  y se exilió en Argentina y España.

Otra faceta de Galeano fue su amor al fútbol, un deporte al cual le dedicó varios cuentos y por el que cerraba su hogar para disfrutar de un buen partido por televisión.

43 años después de ‘Las venas abiertas de América Latina’, Galeano diría que “no sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado. Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada”.  Galeano nunca superó la ‘utopía’. Reclamó su derecho a ‘delirar’ para adivinar otro mundo posible. “La utopía está en el horizonte”. (I)

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Günter Grass

Günter Grass se convirtió en una autoridad moral en Alemania. Cuando en 1959 publica ‘El tambor de hojalata’, la crítica le atribuye ser el primer escritor alemán que luego de la experiencia “letal del nazismo se atreve a encarar resueltamente con total lucidez, ese pasado siniestro de su país y a someterlo a una disección crítica”.

Años más tarde su tambor empieza a tambalear cuando, en 2006, publica sus memorias de adolescencia en ‘Pelando la cebolla’. En ella aparece la carta más negra de su vida y origina en los medios una crítica sobre su sinceridad como escritor. A los 17 años, Günter Grass perteneció a las Waffen-SS, el cuerpo de combate de élite de las Schutzstaffel, dirigidas por el Reichsführer-SS Heinrich Himmler. Antes de eso solo se conocía la ayuda que en 1944 Grass había dado al ejército nazi.

Grass fue acusado de nazi por la prensa e incluso hubo presiones para que la Academia sueca le retirara el premio Nobel que había ganado en 1999.

Él se confesó sorprendido, triste, con rabia y estupor. Respondió las críticas con poesía. Escribió entonces ‘Payaso de agosto’. Grass volvió a la poesía y a los dibujos con los que inició su carrera literaria, ensimismado con las críticas que le merecieron su sinceridad. Murió este lunes en un hospital de Lübeck, donde residía.

Grass se ayudaba de un respirador en sus últimos días, pero fumaba en pipa, como en sus autorretratos. En sus últimas conversaciones con los medios de comunicación, contra los que enardeció su crítica en ‘Payaso de agosto’, se mostraba jovial y alegre, preocupado por el estado del mundo, pero optimista con su trabajo.

“Cuando dibujaba mucho tiempo tenía que volver a las palabras, a la poesía. Intentaba volver a reencontrarme, y a encontrar también el lugar en el que estaba porque toda mi actividad anterior me alejaba de mí mismo”, dijo en una entrevista a un medio español.

Miguel Sáenz, su principal traductor al español decía que “nadie se arrepentirá, nunca, de haber leído a Günter Grass. Quizá se haga mejor persona, tal vez temple su gusto literario, acaso se vuelva anarquista y puede ser que cobre conciencia de la importancia de vivir, de vivir hasta las últimas consecuencias”. (I)

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