El feroz incendio de 1896

- 24 de octubre de 2020 - 00:00
El Telégrafo

Quedaron en cenizas las iglesias de La Merced, La Concepción, Santo Domingo y San Francisco, donde reposaban los restos del insigne José Joaquín de Olmedo.

Desde su fundación, la Perla del Pacífico fue víctima permanente de los fatales incendios, pero no como el de octubre de 1896. Casualmente en esas fechas, la ciudad se preparaba para sus fiestas octubrinas y la reunión de la Asamblea Nacional a llevarse a cabo el 9 de octubre de ese año, sin pensar que una de las más grandes tragedias estaba en camino.

En aquel día lunes 5 de octubre, a las 10:40 horas de la noche, sonaron las campanas en señal de alarma de incendio. La gente se alarmó al escuchar que se quemaba el edificio de la Gobernación, pero el inicio del flagelo no fue allí, fue en la esquina de Malecón y Aguirre, donde se ubicaba el almacén La Joya, propiedad de los señores Manasevitts y Bowski, de origen judío. La primera en acudir fue la compañía de bomberos Salamandra, minutos después se sumaron cuatro unidades más, pero el viento fue el encargado de fortalecer las poderosas lenguas de fuego que se expandieron por las manzanas vecinas.

Alfaro estuvo allí. Junto con el gobernador José María Carbo y Aurelio Aspiazu, jefe de bomberos, lograron salvar gran parte de la Gobernación, mientras que la gente se desesperaba por salvar su vida embarcándose en balsas, botes y balandras para refugiarse en La Atarazana norte o cruzar el río hacia el sector de Durán, pero el fuego impuso su poder infernal. Quedaron en cenizas las iglesias de La Merced, La Concepción, Santo Domingo y San Francisco, donde reposaban los restos del insigne José Joaquín de Olmedo. Un grupo de valientes guayaquileños lograron salvar los restos del expresidente Rocafuerte que descansaba en La Catedral.

También fueron reducidos a escombros los bancos del Ecuador, Internacional, Hipotecario y territorial; la Comandancia de Armas, el cuartel de artillería Sucre, el cuartel del Batallón de Infantería No. 5 Alajuela, el cuartel de caballería; fábricas de cigarrillos, de cerveza, de hielo; la Aduana; el local de la Junta de Beneficencia; varias imprentas y los periódicos El Tiempo, Los Andes y La Nación.

El feroz incendio duró cerca de 30 horas, tiempo en el que no se logró controlarlo. En cuanto a las pérdidas humanas, hubo 19 carbonizados y varios ahogados. Se quemaron 92 manzanas de un total de 458, incluyendo el barrio Las Peñas; de una población de aproximadamente 59.000 habitantes, 25.000 se quedaron sin hogar; 1.500 casas reducidas a escombros, de un total de 4.265 catastradas. Las pérdidas sumaron un costo cercano a los 18 millones de sucres.

Pasada la tragedia vino la ayuda, la queja y la sentencia. Alfaro dispuso la entrega de 10.000 sucres como ayuda a los damnificados y 2.500 sucres mensuales para el Cuerpo de Bomberos, por un lapso de cuatro años. Quejas y reclamos no se hicieron esperar. Como dato curioso, el general Cornelio Escipión Vernaza se lamentaba de la quema de su biblioteca, según él, la más lujosa y la más completa del país en temas militares. Y mientras la gente esperaba que las cenizas enfríen para recuperar ese algo que guardaba la esperanza, encontraron un culpable, era un joven lojano de apellido Tello, a quien habían visto encender el fuego en una casa. Sin mayor trámite, el joven fue fusilado. Años más tarde sería reconocida su inocencia.

Ante la tragedia: el coraje y la unidad. En efecto, el pueblo guayaquileño no tardó en reconstruir lo perdido. De los sectores de El Morro, San Lorenzo del Mate, Durán, Puná, Chanduy, Yaguachi, Babahoyo y Vinces, empezó a llegar gran cantidad de piezas de madera obtenidas de la tala en selvas y bosques aledaños. Otra parte de este material fue importado de Canadá y Estados Unidos, sin que falten los muebles de Europa y la ropa exclusiva de París. En sí, se quemó un tercio de Guayaquil, lo que no se quemó fue el espíritu de lucha de su gente para salir adelante. Ante la tragedia: el coraje y la unidad.  (I)

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