El femicidio es la última parada del machismo

21 de agosto de 2011 00:00

En los cementerios, los epitafios de las lápidas a veces no dicen lo suficiente. Hay varias mujeres, por ejemplo, que  producto de  una idea autodestructiva del amor terminan abruptamente su vida. Y no son, en el país, un grupo reducido... El llamado femicidio (dar muerte a una mujer en un entorno de violencia) se ha convertido en un problema que cada vez lacera dolorosamente el tejido social ecuatoriano.

Las distintas formas en que se realiza este tipo de ataque muestran una lectura más cultural: los cuerpos de las mujeres suelen recibir más agresiones después de muertas y son abandonados en distintos lugares. Así ocurrió con María Elizabeth Tapia, de 26 años. Su victimario la estranguló hasta quitarle la vida y luego fue colocada debajo de la cama. El autor está prófugo, así como los autores de muchos crímenes con características similares.

A criterio de Francisco Guevara, quien trabaja en psicología forense, pocos son los casos en los que intervienen factores mentales o trastornos psicológicos extremos. Explica que la mayoría de acontecimientos relacionados con el femicidio se dan en condiciones de violencia intrafamiliar. Aunque no existen perfiles definidos de las víctimas y victimarios,lo que sí se ha detectado son los factores biográficos y demográficos.

Guevara relata que el agresor o victimario puede ser de cualquier edad entre  los 15 hasta los 70 años. Esto se evidenció en un caso ocurrido en la ciudad de Cuenca, en donde Verónica Rivera, de 15 años, fue asesinada con siete puñaladas.

El crimen fue cometido por su ex novio de 17 años. Cuando el joven agredió a Verónica, testigos observaron cómo éste abandonó el lugar. Al ser auxiliada aún se encontraba con vida y lo único que supo decir es el nombre de su asesino.

El joven fue sentenciado a 4 años, la pena máxima para un menor de edad. Durante la relación sentimental, Verónica fue víctima de constantes agresiones por parte de quien consideraba su amor. Un aspecto que se debe tomar en cuenta en estos casos, según Guevara, es el factor cognitivo y cultural. “Aquí se evalúan las diferencias en el discurso de género, debido a los rígidos aspectos de masculinidad y feminidad, el apego a los valores culturales del pasado y los mitos masculinos de agresividad”.

El machismo ecuatoriano es proverbialmente conocido. Se trata de una cultura donde se enseña, entre los valores principales, la agresividad. Al igual que países como Guatemala y Bolivia, según Guevara. El último factor es el emocional, en el cual se califica la baja autoestima que suelen tener los agresores, la restricción emocional y la dependencia e inseguridad que caracteriza a los victimarios de este tipo.

Entre los aspectos propios dentro de la interacción violenta se encuentran los celos y las actitudes posesivas, ya que  es frecuente que las mujeres maltratadas sufran constantes acusaciones de parte de sus parejas, motivadas por la desconfianza.

Las varias formas de  manipulación también están presentes. Con esta arma  logran calmar cualquier intento de denuncia o separación de su pareja. Finalmente, el aspecto más importante es la inhabilidad para resolver conflictos de manera no violenta: los agresores no comprenden que el conflicto en una relación es un asunto normal y no debe existir el objetivo de evadir este proceso. Suelen tener, por lo menos, una característica de cada uno de los aspectos mencionados.

El delito tiene su proceso

Los casos de violencia antes de un acto criminal como el femicidio ocurren en tres etapas. Una es la tensión, que es la etapa de los disgustos y  peleas innecesarias por motivos irrelevantes; luego viene la amenaza, en la que  se hace uso de calificativos para detener los reclamos de sus parejas; y la tercera  es la agresión física, en donde ya se hacen presentes los constantes golpes a la mujer hasta llegar al escenario de un crimen.

Sin embargo, existe una etapa llamada “luna de miel”, en donde la mujer “se retracta” por su esposo y este, a su vez, le ofrece cambios en su actitud; esta etapa suele durar apenas unas semanas y puede ser la antesala de un crimen con mayores dimensiones de violencia.

El aspecto económico es un elemento importante que impide la separación de las mujeres de sus parejas violentas. A esto se suma la separación de cualquier tipo de  redes de apoyo como la familia. En algunos casos de femicidio, los victimarios asumen que no pueden vivir sin sus parejas o familias, por lo que establecen que ellos tampoco pueden, y luego de asesinar a sus parejas también les quitan la vida a sus hijos y finalmente se suicidan.

Cuando existe la presencia de trastornos mentales, se puede hablar de procesos obsesivo-compulsivos. El obsesivo es el pensamiento constante sobre una cosa, de manera irracional, mientras que el compulsivo es el acto en sí; esto se puede evidenciar a través de la vigilancia constante, la revisión de objetos personales, etc. Este tipo de crímenes es emocional, que se desata, como hemos dicho, luego de un desgaste  continuo en el trato y la relación. Los actos violentos que se ejercen sobre los cuerpos de las víctimas, también indican factores como la misoginia, que es el odio a las mujeres por su condición de ser mujeres.

Para Luis Trujillo, quien trabajó con varios casos de femicidio, las formas de dar muerte a una mujer siempre incluyen otros factores y antecedentes violentos dentro de la familia, sin embargo esto no es tomado en cuenta cuando se realiza la denuncia, una agresión a una mujer no es considerada como una delito, sino como una contravención. Cuando la lesión es de menos de tres días, la denuncia se queda en la Comisaría de la Mujer, y cuando es más de cuatro días, el proceso pasa a la Fiscalía.

Trujillo afirma que los antecedentes en este tipo de violencia no son tomados en cuenta al momento de juzgar, sino que se juzga específicamente la situación puntual de la agresión. A su juicio, se debería crear un juzgado que maneje estrictamente el femicidio.

Casos como el de Ximena Medina, de 32 años, profesora universitaria, quien perdió la vida dentro de su propia casa, han quedado impunes. En el libro “Femicidio en el Ecuador” se dice que la violencia familiar no se limita a los espacios familiares, sino a los de carácter público, en donde se evidencian las relaciones inequitativas de poder.

Allí mismo se señala que dentro de la sociedad es común escuchar que la culpa de que los hombres sean machistas la tienen las mismas mujeres, quienes como madres, hermanas, amigas y educadoras fomentan la división de género. Sin embargo, este problema va mucho más allá, pues se fomenta en base a una estructuración social más  compleja, que no se discute ni se debate abiertamente.

Existen categorías que no permiten un proceso para que se castigue el maltrato a mujeres y sus asesinatos. No se establecen procesos de investigación que tomen en cuenta todos los antecedentes de la vida de la mujer asesinada, y los factores del círculo de violencia del que fue víctima. La revictimización de las mujeres se utiliza como una estrategia para mantenerlas aisladas y mostrarlas como seres que deben permanecer en estado de indefensión continua.

Las investigadoras sociales Gabriela Acurio y Ana Lucía Herrera, presidenta de la Comisión de Transición de las mujeres y la igualdad de Género, explican la depredación simbólica de las mujeres, pues se mantiene a ellas dentro de los imaginarios masculinos, que impiden una visualización correcta  como conductoras de sus vidas.

Un factor que poco se ha estudiando es el de la misoginia, que significa odio, desprecio y placer sobre las acciones violentas en contra del sexo femenino, este fenómeno es uno de los que intervienen en los cruentos asesinato

Contenido externo patrocinado