El acoso callejero también es violencia de género

Hace poco denunciamos que los piropos son acoso y violencia machista. Pero a quienes nos quejamos nos llaman locas, amargadas o dicen que somos feas y no merecemos el “halago”.
05 de enero de 2020 00:00

El acoso callejero es violencia de género desde siempre, pero también es una de las conductas más naturalizadas en nuestras sociedades. Que en la calle los hombres digan cualquier piropo a las mujeres que se les cruzan por el camino está normalizado estructuralmente. Y quienes abrazan la culpa son la tradición y la historia, pues son las que nos enseñan a las mujeres que no somos personas, que somos objetos para el disfrute del ojo masculino, dignas de admiración física, depositarias del morbo y de cualquier tipo de “piropos”.

Nos sexualizan desde pequeñas cuando un tío nos dice que damos ganas de “agarrar”, cuando pese a que todavía somos niñas el abuelo se pronuncia lascivamente sobre los cambios en nuestros cuerpos, cuando nos dicen cómo vestir y cómo actuar. Esto describe el problema del rol sistemático de la mujer: somos objetos sin derechos y sin voz.

Nuestras sociedades han normalizado el acoso y el abuso contra las mujeres y, además, nos han querido convencer de que esto está bien y que se llama galantería. Recién en los últimos años las mujeres hemos empezado a cuestionar toda la violencia que encierran los usos y las tradiciones de nuestras sociedades. Hace muy poco hemos empezado a llamar a las cosas por su nombre: los piropos callejeros constituyen acoso y violencia machista.

Sin embargo, a las mujeres que nos quejamos de las cosas que nos dicen los hombres por la calle, nos llaman locas, amargadas, aducen que somos feas y no merecemos ser piropeadas, o nos diagnostican que estamos faltas de sexo. De sexo heterosexual.

Así me pasó a mí cuando denuncié el acoso callejero por parte de un policía por medio de la red social Twitter.

El 24 de diciembre de 2019 caminé de mi casa a la tienda de la Avenida Principal de la ciudadela Los Ceibos en Guayaquil para comprar los víveres que faltaban para la cena navideña. En mi camino estaba la Unidad de Policía Comunitaria (UPC).

Al pasar por ahí venía un carro del cual salió el grito “¡Preciosa!”. Mi reacción ante este tipo de situaciones es sacar el dedo medio de mi mano, haciendo la mala seña universal; sin embargo, al notar que era un carro de la Policía con cuatro oficiales adentro, todo cambió.

Regresé a la UPC a reclamar, a pedir a los otros oficiales que hagan algo al respecto, que no permitan este comportamiento. Luego seguí mi camino, fui a la tienda, compré lo que necesitaba, me encontré con un amigo y me puse a llorar.

Me sentí violada, manchada, humillada y llena de adrenalina. El problema no es el adjetivo calificativo que había utilizado ese policía conmigo; sino el tono, la situación, el que me lo haya dicho un agente del orden cuya función es protegerme, y el cómo esto queda en la impunidad siempre.

Pero más que nada, el miedo. Porque de nuevo, el acoso callejero está normalizado y eso es terrorífico.

Al regresar a casa tenía que pasar de nuevo por la UPC donde afuera de ella habían alrededor de 15 policías formados recibiendo órdenes de otro oficial.

Decidí no callar. No solo un oficial de la Policía Nacional me faltó el respeto, sino que 15 oficiales más lo minimizaron y justificaron diciendo que ellos no tenían la culpa, y que el que me digan preciosa es mejor que las patanadas que me gritan en la calle. Así que en ese momento fui a mi cuenta en Twitter y conté lo que había pasado.

Para el día siguiente, mi reclamo en Twitter se había hecho viral tanto en redes sociales como en los medios tradicionales. Muchísimas mujeres me contaron sus experiencias con policías, evidenciando que mi caso no era aislado. Asimismo, recibí odio, misoginia, machismo y sexismo, clara representación de la sociedad en la que vivimos en este país.

Gracias a toda esta difusión recibí las disculpas institucionales de María Paula Romo, ministra de Gobierno, quien dentro de su posteo en redes publicó un telegrama recordando el comportamiento de la Policía y explicando cómo el acoso callejero es violencia de género.

Como mujer y víctima de incontables acosos, quiero explicar que el acoso callejero no solo nos hace sentir que el espacio público no nos pertenece a las mujeres, sino que nuestro cuerpo no es nuestro. En estos últimos días hemos logrado visibilizar un tipo de violencia de género que está naturalizada.

Esta naturalización del acoso callejero es parte de la violencia sistemática que nos rige y educa. Callar ante la violencia de género es el primer ingrediente del feminicidio.

La lucha contra la violencia de género es un trabajo en colectivo. El día en que las clases dominantes dejen de esparcir sus ideas heteronormativas y patriarcales será cuando habremos triunfado. El día en el que pueda caminar por las calles vistiendo como quiera, sola o acompañada, sin miedo.

Mientras tanto, quienes han llegado hasta acá en la lectura de mi texto: paren el ciclo de violencia desde sus entornos sociales más íntimos, no compartan chistes machistas, dejen de regirse bajo los roles de género y hagan mayor conciencia a su alrededor sobre las repercusiones de sus comportamientos misóginos. No somos realmente humanos si vivimos sin ayudar a vivir al prójimo.

Las mujeres hemos venido luchando todos estos años por denunciar y visibilizar lo que nos pasa, lo decimos, ¡ni una menos!, lo gritamos, ¡el violador eres tú!, nos organizamos y estamos tomando acciones porque nos hemos propuestos erradicar la violencia de género de una vez por todas. Porque hoy en día todos nuestros micrófonos están conectados a parlantes enormes.

El año 2020 es feminista; lograremos igualdad de derechos y haremos que se termine de caer el patriarcado.

Nunca más vamos a callar. (O)

La costumbre de calificar a las mujeres por su aspecto físico genera, cada vez más, rechazo no solo de parte de ellas sino de la sociedad en general tanto en nuestro país como en los demás.
Álvaro Pérez / ET
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