Hablando de la muerte con nuestros hijos

- 10 de noviembre de 2020 - 10:44
Cortesía: UNIR

Como padres, nuestra natural tendencia es aquella de tratar de proteger a nuestros hijos del dolor emocional y el sufrimiento, lo que a menudo está en contraposición con nuestro deseo de ser honestos.

La muerte de un ser querido es una de las más duras realidades de la vida. Y, probablemente, la pandemia en la que nos hallamos inmersos la ha hecho más frecuente de lo que, en otras circunstancias, sería.

La realidad de la muerte de un ser amado es dura para todas las personas emocionalmente involucradas. Lo es para los adultos y lo es para los niños. Los adultos, por la experiencia que nos dan los años, solemos tener más recursos para batallar con el dolor de la pérdida, mientras que los niños mayormente carecen de ellos, lo que hace necesario que los adultos en sus vidas tengamos ideas de cómo ayudarlos a enfrentarse con la ausencia irreversible de alguien querido.

Lastimosamente, en muchas ocasiones, los padres (o los adultos significativos) de esos niños encuentran la tarea de ayudar a sus hijos abrumadora, puesto que ellos mismos están atravesando su propio duelo. Además, ellos podrían tener dudas acerca de cómo y cuándo hacerlo, o de cuánta información deberían compartir con sus hijos.

Hay elementos subjetivos que obviamente deben tomarse en cuenta a la hora de hablar de este tema con los niños. La edad, por ejemplo. Lo que un niño pueda entender sobre la muerte depende en buena parte de sus años. (Usualmente, niños menores de dos años no tienen la capacidad de entender la muerte, aunque puedan sufrir sus consecuencias; y aquellos entre 2 y 6 años la entienden de manera parcial, como algo temporal y reversible.)

Pero también hay que considerar su experiencia de vida y su personalidad. La máxima de que “cada persona es un mundo aparte”, que usamos para indicar que “no todo es cortado con la misma tijera”, es válida también para el caso de los niños.

No todos los abordajes sirven para todos los niños. Pero intentemos en este artículo resaltar algunos de puntos más importantes que debemos tener en cuenta de manera general.

¿Cuándo es el momento correcto para hablar sobre la muerte de un ser querido? Aunque no existe un “momento correcto” para todos los casos y todas las familias, es de preferir que se haga lo antes posible.

Si la vida de un familiar amado está en gravísimo peligro, se debe tratar de hablar de ello con su hijo. Empiece preguntándole qué sabe de lo que está pasando (a veces nuestros hijos saben más de lo que nosotros sospechamos). Es siempre de beneficio para los niños prepararlos para (es decir, hablar de la posibilidad de) la pérdida de alguien amado. Esto no quiere decir, claro está, que, por mucha preparación que haya, se pueda evitar el golpe del momento de la muerte cuando esta llegue.

Si la muerte ha llegado intempestivamente, digamos la verdad apenas podamos. La verdad explicará nuestro dolor y nuestras lágrimas, de tal suerte que el ser honestos con nuestro dolor puede enseñarles a ellos cómo lamentar una pérdida.

Protección

Como padres, nuestra natural tendencia es aquella de tratar de proteger a nuestros hijos del dolor emocional y el sufrimiento, lo que a menudo está en contraposición con nuestro deseo de ser honestos acerca de las duras realidades de la vida. Pero honestos debemos ser. En la gran mayoría de los casos, retener información sobre la muerte de algún familiar trae consecuencias negativas (comenzando por problemas de desconfianza).

Por otro lado, es difícil, si no virtualmente imposible, mantener esa información en secreto por mucho tiempo. Y siempre es preferible que la verdad llegue a nuestros hijos a través de nosotros y no por intermedio de otros.

Durante la conversación sobre el tema de la muerte, exprese la verdad de los hechos de una manera breve y clara. Expanda la información si el niño lo pide, pero considere la edad de él al hacerlo.

En lo posible, evite eufemismos como “está en un mejor lugar”, ya que podrían ser confusos para los niños. No hay nada de malo con decir “se fue al cielo”, claro está, pero asegurémonos que ellos entienden que el alma del ser querido se fue al cielo, pero que su cuerpo dejó de funcionar y ya no regresará a estar con vida.

Tenga en cuenta que nuestros hijos, especialmente los pequeños, a menudo no tienen palabras para expresar ciertos hechos o sentimientos. Nuestras palabras pueden servir de referencia y enseñarles a ellos a hablar sobre estos hechos o sentimientos.

Sentimientos

Hágale saber a su hijo, especialmente a los más pequeños, que lo que ha pasado no es su culpa. Los niños de edad preescolar tienden a pensar que el mundo gira alrededor de ellos, así que podrían experimentar un sentimiento (equivocado) de culpa. Asegúrele que lo que pasó no tiene nada que ver con algo que él haya hecho, y que nadie podía haber evitado que la muerte llegara.

Puede haber preguntas para las que ustedes no tengan respuesta. Si ese es el caso, diga simplemente: “No lo sé.” No hay nada de malo en eso.

Esté preparado para una variedad de reacciones (dependiendo de la edad y el temperamento del niño, en algunos casos estas reacciones podrían incluir silencios o un aparente desinterés en el tema, o la repetición de preguntas en los días subsiguientes).

Recuerde que, no importa cuál sea su estrategia para decirle la verdad a su hijo, es bastante probable que a él le afecte y hasta lo enfurezca. Acepte por el momento estas reacciones emocionales sin ofrecer mayor interferencia. Ya habrá tiempo de hablar de estos sentimientos con más tranquilidad después del trauma inicial.

Finalmente, dos breves consejos para después de haber conversado con nuestros hijos sobre la muerte del ser querido: Cree un ambiente donde nuestros hijos tengan la confianza de hacer preguntas. Hacer que hablar de la muerte sea parte de nuestras conversaciones normales es de vital importancia para los ellos.

Trate de mantener la rutina diaria tanto como sea posible. Esto, además de hacerles experimentar el hecho que hay que seguir “caminando”, podría ayudar a evitar que existan regresiones en la conducta de nuestros hijos. Nuestros hijos necesitan consistencia en sus vidas. (O)

Jaime Fernando Franco Palacios                                                                                                                                                                 Universidad Católica de Santiago de Guayaquil                                                                                                                             Dialoguemos

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