Sororidad

“Royce Phillips nos destruyó la vida, debe pagar el daño causado”

- 03 de mayo de 2020 - 00:00
Ilustración: El Telégrafo

Familiares de las víctimas del caso de “El Abuelo”, una banda dedicada a la trata de personas, exigen justicia y rechazan la posible salida en libertad del cabecilla de la agrupación. La madre de una niña cuenta su historia.

Desde la clandestinidad la madre de una de las víctimas de El Abuelo narra lo que ha padecido desde el 2017 cuando un “enganchador” introdujo a su hija en un mundo de perdición.

“No entiendo cómo un criminal, como Royce Phillips, quiere su libertad. Peor que la justicia acepte un pedido de Habeas Corpus a su favor. Pero qué bueno que se lo negarán: Es un enfermo y debe pagar con cárcel todo el daño causado a tantas niñas, como mi hija. Destruyó nuestras vidas. Esta historia de horror empezó en diciembre del 2017 y aún no tiene final.

En ese mes del 2017, antes de Navidad, cuando mi niña salió al sitio conocido como La Pileta, en el Comité del Pueblo, donde vivíamos, se le acercó Christian Giler, ahora sentenciado a 34 años, ocho meses de cárcel, por la muerte de Carolina (aquí la noticia de la sentencia https://bit.ly/3bRrOAe). Ese era un “enganchador” de El Abuelo Royce, quien ya ha sido descubierto, acusado y sentenciado como cabecilla de una red de trata de niñas, a las que inducía al consumo de alcohol y drogas; para, sin ningún pudor, ofrecerlas, violarlas y prostituirlas, o armar videos porno, allá en su casa del Quito Tenis.

No fue más que mi hijita conociera a ese hombre para que tenga un cambio rotundo. Horrible: No me obedecía. Yo no podía controlarla, porque tenía que salir a trabajar para nuestra subsistencia. Unas semanas después, por febrero-marzo, ya se me escapaba. Comenzó a beber alcohol. No cumplía horarios cuando pedía permiso. Se salía cuando le daba la gana. Me amenazaba que se iría al Quito Tenis. Entonces, yo me preguntaba: ¿Cómo es que estos muchachos de barrio tenían amistad con esa gente, que tiene tanto dinero?

En marzo, apenas tres meses después de conocer a Giler, a quien también conocían como Cara de Niña, había cambiado hartísimo: Estaba metida en drogas. Yo tenía sospechas por su comportamiento. Pero lo descubrí un día que llegué del trabajo (cuidaba a un adulto mayor) y toda la casa olía a marihuana. Me negó que sea eso. La reprendí. ¡Qué difícil era dominarla!

En abril intentó suicidarse. Había consumido cocaína. Después la hallamos con gente en la casa. Con mi madre le llamamos otra vez la atención. Entonces intentó cortarse con un cuchillo. Tuve que hospitalizarla casi un mes, hasta que se mejoró. Luego de eso ya no la dejaba reunirse con nadie, pero igual se me iba de fiesta con los de esa banda.

Entre junio y julio, Carolina, la chica que luego mataron, pasó como tres semanas en mi casa. Salía solo con ella y volvió a las fiestas. En ese lapso, Carolina se quedó como tres semanas en mi casa. Para eso me mintieron: Me hicieron llamar de una señora, diciendo que le tenga a la hija, que se iba a la Costa, por una calamidad. Yo de buena gente, creyendo que sí era la mamá de Carolina, acepté. Pero luego me enteré de que no era cierto. Y un viernes, tras salir a una fiesta se pelearon: Mi hija me contó que se encontraron a Giler con un tal Gordo Lucho (alias de un peligroso delincuente, temido en el Comité del Pueblo) y ella se enojó, porque Carolina accedió a hablar con ambos, pese a que días antes ellos habían intentado violarlas.

Pocos días después, para alcanzar algo de paz, mandé a mi hija a casa de un familiar. Entre julio y agosto mi niña no estuvo en Quito. Cuando mataron a Carolina (25 de agosto) ella estaba lejos. Para mí fue una sorpresa cuando “Caro” murió: Primero decían que había sido muerte natural, luego intoxicada. Cuando inician las investigaciones se metieron al Facebook de Caro y vieron que tenía conversaciones con mi hija, que siempre la aconsejaba, que se aleje de Giler. Ese hombre era malo: la golpeaba, la obligaba a tener sexo oral en público y más.

Fue en ese momento cuando la mamá de Caro busca a mi hija. Le pregunta por qué le dice esas cosas. Mi hija habló: Dijo que ese Giler le pegaba a su amiga. Ahí salió a relucir lo de El Abuelo criminal. La mamá de Carolina ya sabía de su existencia. Lo corroboró con mi hija. La señora comentó que un día había estado con Caro en la Estación de El Trole, por La Y, y la niña había dicho: ‘Por aquí vive El Abuelo’. Ya cuando pudo hablar con mi hija certificó que en efecto el sitio de reuniones era la casa de ese hombre, que se dedicaba a la trata de niñas.

Una vez que mi hija comenzó a colaborar con los investigadores, fue amenazada por Giler. Justo el 28 de septiembre, él la amedrentó cerca de donde vivíamos, en el Comité del Pueblo. Aquel día, con una pistola y un cuchillo, le dijo que se callara o le iba a hacer cosas peores que a la “China” (así le decían a Carolina). Que le daría duro y luego la botaría en una quebrada.

Prácticamente asumiendo que él había sido el asesino de la amiga de mi hija. Nos asustamos y enseguida fui a la Fiscalía. Presenté una denuncia por intimidación: Él, como tenía padrinos en Fiscalía y Policía; y contaba con el apoyo de El Abuelo, se enteró enseguida y a la noche apareció por nuestra casa. Gritaba desde la calle: “Ana sal, Ana sal…”, decía.

Eran como las 04:00 o 05:00, me levanté, encendí la luz y de inmediato solo escuché el sonido del motor de un carro, que se alejaba. Pero al poco rato volvieron a molestarnos. Ese fue el último día que dormimos juntas en aquel sitio. En cuanto amaneció, tomé la dura decisión de sacar a mis hijas de la casa. Nos separamos. Pero era eso o poner en riesgo la vida de Ana o quizá la de todas. Frente a un criminal uno nunca sabe.

Al poco tiempo me vi obligada a vender todas mis cosas. Mi amor de madre me llevó a buscar lo mejor para mis hijas, pese a que al principio no conté con la protección de la Fiscalía. Ni siquiera nos daban víveres. Es por ayuda de personas, incluso desconocidas, que sobrevivo. Imaginen cuánto dolor y miedo sentimos solo al imaginar que den la libertad a El Abuelo. Seguro nos buscará para matarnos… (I)

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